El dinero surge como un valor común para simplificar el trueque. Un producto común que sea convertible con el resto de los bienes y servicios para facilitar el intercambio de mercancías. Por lo tanto los precios reflejan la relación que guardan la escasez de los bienes con la totalidad del valor intercambiable; si en una isla desierta la moneda adoptada son las 100 cáscaras de cocos que hay y los bienes son los 5 pescados y las 10 pieles que sirven de abrigo, sería coherente que el precio de un pescado fuera de 10 cocos y el de una piel de 5 cocos -es más importante comer que no pasar frío. La inflación no es más que el aumento del dinero sin una correspondencia adecuada al aumento de mercancías; si en la isla desierta aparecen más cáscaras de coco, digamos 200, lo único que pasaría es que el pescador vendería sus pescados en 20 cocos y el curtidos en 10 pesos sus pieles. El problema de las espirales inflacionarias (el sucesivo aumento de precios) es que el dinero pierde su finalidad como medio de cambio; si los habitantes de esta isla se dan cuenta que el dinero sí crece en los árboles, en lugar de pescar excedentes y venderlo, preferirían escalar árboles y bajar dinero. Esto ha ocurrido más de una vez, como en la Alemania entre guerras, en la que la hiperinflación ocasionó que en varios lugares, los salarios fueran pagados en costales de papas, en lugar de en monedas o billetes (las escasez de las papas reflejaba mejor la cantidad real de la producción nacional que los efímeros billetes que aumentaban en cantidad -y disminuían en valor- diariamente).

El nuevo problema surge cuando el grupo que tiene su moneda uniforme quiere comerciar con alguien fuera de él. Así, en el siglo XV se adoptaron los metales preciosos como valores universales comerciables. Sin embargo, al igual que en la isla desierta, los precios deben reflejar una correspondencia con los bienes y servicios, porque si no, las espirales inflacionarias harán estragos en el poder adquisitivo y en el edificio social en general. Así, los metales extraídos en América por los españoles, generaron en territorio ibérico una de las peores crisis inflacionarias de la historia (¡en el siglo XVI!). En tiempos modernos, se adoptó como universal el patrón-oro, según el cual, todo el dinero circulante en una nación debía estar sustentado por su equivalente en oro en los bancos centrales de cada país (y de hecho podía ser intercambiado a petición del portador del billete: páguese al portador la cantidad de….). Todo esto terminó con las Guerras Mundiales que implicaron un enorme gasto que impidió tener una paridad billetes-oro. Para 1944, se acordó que sólo los dólares americanos serían convertibles al oro y que el resto mantendría una paridad con el billete verde; hasta 1971, cuando Richard Nixon (tras haber gastado de más en Vietnam) no pudo mantener esta relación y decidió que el dólar no sería convertible nunca más… Y así, desde entonces vivimos con la purititita confianza en el dinero, sin más, sin un respaldo objetivo o un valor más allá que el de una impresión con innumerables sellos de seguridad.
Me resulta sorprendente saber como algo tan crucial como cuánto dinero se debe imprimir esté ajustado simplemente por el mercado, y que un organismo que en todos los países es tan importante como el Banco Central, lo “único” que tenga que hacer sea entenderlo. Metafísica pura. Cabe señalar que el último intento por querer reactivar una economía con la simple impresión de más billetes -Zimbawe, el año pasado-fue un rotundo fracaso, ya que la inflación alcanzó el 8000 %.
Todo el dinero funciona bajo el mismo mecanismo y ajustará su valor a la relación entre su escasez y la de los bienes y servicios que puedes adquirir con ellos, desde los Euros hasta los billetes del Turista Mundial (el juego de mesa Monopoly). ¿Interesante, no?
http://www.elmundo.es/mundodinero/2007/12/24/economia/1198518659.html
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