“Aquellas personas que no están dispuestas a pequeñas reformas, no estarán nunca en las filas de los hombres que apuestan a cambios trascendentales”.
Mahatma Gandhi.
En estos tiempos de lo desechable, el cambio constante se ha convertido en una necesidad social: en lugar de corregir los errores, es mejor volver a empezar. La política no es la excepción y el reformismo se ha convertido en un cliché esperanzador. Así, en momentos donde urge corregir el rumbo es importante que el optimista espíritu del cambio no nos haga perder objetividad. Al hablar sobre la reforma a PEMEX, son muchos los que creen que todo se puede arreglar con un borrador que olvidé todo lo que ha sido esta paraestatal y un gran lápiz empresarial que rediseñe la industria y dibujé el buen camino.
Cualquier diagnóstico sobre el tema petrolero tiene que empezar reconociendo que PEMEX ha cargado con gran parte de la recaudación fiscal durante más de 30 años. La ordeña a la paraestatal ha aumentado en 1100% en los últimos 20 años (http://dgcnesyp.inegi.gob.mx/cgi-win/bdieintsi.exe/Consultar) y su tasa impositiva es mayor al 60% de sus ingresos. Ninguna otra empresa en el mundo podría sobrevivir a dicho régimen impositivo. Con todo esto, aún hay inversionistas interesados en adquirir PEMEX en caso de una venta. Y es que en momentos donde el petróleo ha alcanzado sus precios más altos, México es el único de los países productores de hidrocarburos que piensa en la privatización.
Otro de los grandes problemas de las empresas paraestatales es que los criterios con los que toman sus decisiones no suelen ser los de mercado, sino los que marca el pulso político. El caso de PEMEX es claro, su máximo órgano de decisión —el Consejo de Administración— consta de 11 miembros de los cuales seis son electos por el poder Ejecutivo y los otros cinco por el sindicato de trabajadores. Un gran paso para reformar a Petroleos Mexicanos sería dar autonomía real en la toma decisiones a la empresa para que pueda desenvolverse correctamente en un mercado de crucial importancia para México y el mundo.
Por otro lado, los trabajadores de PEMEX gozan de un régimen excepcionalmente benéfico en un entorno donde los beneficios sociales van en disminución constante. El Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) ha pasado de ser el defensor de los derechos laborales de un grupo de trabajadores, a ser una camarilla que usa a la paraestatal como capital político, manteniendo a raya a los empleados, cooptados gracias a la discrecionalidad que usan para favorecer a sus allegados. Un gran cambio para PEMEX sería aprovechar las altas prestaciones que reciben sus trabajadores para atraer a las personas más productivas, empezando por quitar al sindicato la exclusividad —monopsonio— de la contratación de trabajadores.
Por último, cabe destacar que los efectos del calentamiento global serán irreversibles en un plazo no mayor a treinte años. Es de vital importancia pensar que PEMEX, y el petróleo en general, tiene una corta vida útil, por lo que es necesario buscar alternativas energéticas para aminorar el impacto que esto tendrá en las finanzas públicas. Por ejemplo, México cuenta con una capacidad de aprovechamiento de energía solar de casi el doble que España (país que surte de energía solar a toda Europa); un panel solar de 17 km2 podría surtir de energía eléctrica a todo el mundo, y un lugar idóneo para su ubicación podría ser el desierto de Sonora.
Los modelos económicos sirven para solucionar en lo abstracto problemas sociales, sin embargo, la realidad suele ser más compleja. En la capacidad de distinguir entre uno y otro radica la diferencia entre un estadista y un técnico. Así fue como México al abrir sus fronteras al mercado global, olvidó que el poder discrecional del entonces partido único distorsionaría a tal grado el modelo que la banca quebró y fue rescatada, sufrimos en 1995 una de las peores crisis financieras de la década, y engendramos al hombre más rico del mundo. Vivimos en un momento clave, en el que debemos evitar que la euforia refomista nos haga tomar decisiones de las que después —tardíamente— nos arrepintamos y requiramos no ya una reforma sino una revolución.
