“El principio de la reforma consiste, más que en igualar las haciendas, en formar a los ciudadanos naturalmente superiores”.
Aristóteles.
La discusión que hemos vivido a raíz de la Consulta Ciudadana sobre la reforma energética ha revivido argumentos que llevan más de 2000 años dando la vuelta al mundo: el pueblo no debe opinar sobre temas que no conoce, al contrario, por el bien común debe dejar que los expertos decidan. Ya Platòn decía que el mejor gobierno ha de ser el de una persona —el Rey Filósofo— que pueda tomar las mejores decisiones en nombre de todos, Maquiavelo aconsejaba en El Príncipe al futuro monarca sobre como concentrar el poder y Hitler construyó un imperio basado en su gobierno personal. Todos tienen el mismo argumento: además de que la toma de decisiones es menos costosa para los ciudadanos, es preferible que la toma de decisiones la ejerza el más apto para ello.
Los resultados son tan variados como dramáticos, si bien Singapur tras tener un gobierno con un dictador ha logrado aparecer en el mapa como un país medianamente importante, Irak se ha hundido en la miseria a raíz del mal gobierno de Saddam Hussein, por no mencionar la infinidad de casos de dictadores africanos que han saqueado sistemáticamente sus naciones. Todos se han asumido como el Rey Filósofo y algunos han fallado.
La democracia no sirve para tomar las mejores decisiones de gobierno, sino para que se comparta la responsabilidad de ellas y se le dé estabilidad al sistema de gobierno. Es más costoso en el largo plazo —históricamente la sociedad occidental lo ha aprendido— tener que cambiar de caudillo cada que éste se equivoque gravemente (algo que, dada la falibilidad humana, ocurrirá pronto). Las personas somos adversas al riesgo y es en este sentido en el que preferimos un gobierno en el que no haya cambios demasiado bruscos que pongan en peligro nuestro entorno.
Y en esta idea de diversificar el riesgo y compartir responsabilidades, es necesario que temas de vital importancia, fundacionales, se decidan tomando en cuenta la opinión de todos los ciudadanos, es decir, formar un Leviatán por consenso. Este es el caso del petróleo, que ha sido uno de los pilares sobre los que ha descansado nuestra nación. Es innegable que se necesita una reforma, pero ésta debe estar consensada, no sólo entre las élites, sino también entre todos los ciudadanos.
En México la democracia no se ha consolidado porque hemos pasado de un autoritarismo de partido a una oligarquía cerrada, ya que en los últimos veinte años, se han realizado grandes cambios al sistema político y económico del país sin que esto haya sido cuestionado al pueblo. Es por esto que los que no estaban de acuerdo con los cambios se sienten traicionados y muchas veces actúan en contra de un sistema que no los toma en cuenta.
Más allá del resultado poco confiable de la Consulta Ciudadana sobre la Reforma Energética por su infinidad de problemas metodológicos, logísticos y de operación, lo que llama mi atención es la indiferencia de la clase política ante la opinión pública. Peor aún, las instituciones que hubieran dado objetividad a un ejercicio que legitimaría alguna reforma, ignoraron olímpicamente la petición de un grupo de ciudadanos que no por pertenecer a un partido dejan de serlo. Los ciudadanos organizados somos el contrapeso que hace falta para que el sistema político tenga equilibrio y la democracia se consolide, ya sea en cuanto a la reforma energética, la seguridad pública o los libros de texto gratuito que se han de llevar en las escuelas. Tú decides.