La primera vez que nos enamoramos, casi invariablemente, resultaremos lastimados. Esa primera vez que se da todo, sin medida ni precaución, suele terminar cuando la otra parte se va, se cansa, o la realidad demuestra de alguna u otra forma que el “juntos para siempre” es más difícil de lo que parece. El aprendizaje de este primer fracaso, determinará la forma de interacción posterior de las personas. Para este momento lo que queda claro es que el amor y la pasión causan placer, pero que su decepción provoca gran displacer. Además se sabe que la pasión es un fenómeno que depende de 2 personas, mientras que el amor tiene un componente aleatorio e incontrolable.
Supongamos que la utilidad de tener una pareja, es una función de un par de bienes: el amor y la pasión; por amor entiendo al sentimiento irracional que produce saberse correspondido al momento de querer a alguien (maripositas en el estómago, pues), por pasión entiendo todo aquello que se hace con la pareja que provoca placer y por ende mayor utilidad (besos, caricias…). Ambos bienes tienen utilidades marginalmente decrecientes. La pasión decrece a tasas mayores que el amor. Cada individuo decide que tan complementarios (o sustitutivos) son los bienes entre sí. El amor requiere mucho más inversión que la pasión, pero sus rendimientos máximos son superiores, aunque sus pérdidas son las mayores.
Para maximizar la utilidad, cada individuo escoge una canasta compuesta por (x-amor, y-pasión), tomando en cuenta su aversíón al riesgo y el grado de sustitución entre los bienes. Podemos aproximar las funciones de utilidad por medio del método de preferencias reveladas, es decir, una vez que se observan las decisiones de los individuos, podemos inferir que lo que escogieron, lo prefieren a cualquier otra alternativa factible.
Por ejemplo, alguien que vive de cama en cama y sólo aprovecha a sus parejas para “pasar el rato”, podemos concluir que prefiere mucho más la pasión al amor. Llamemos a esta, la estrategia de minimizar la máxima pérdida (minimax), -en el caso extremo- es escoger una dotación de (x,y)=(0 , todo), tal que pueda tener una dosis muy alta de pasión que le permita sustituir la falta de amor. Por lo mismo, -en el caso extremo- tendrá una función de utilidad de sustitutos perfectos entre los bienes. He aquí lo interesante: dados los sustitutos perfectos, en caso de que los precios relativos cambien, este individuo podría ir a la solución esquina contraria, es decir, enamorarse a más no poder y correr el máximo riesgo. Además, dados los rendimientos decrecientes de la pasión, es predecible que pronto la tasa marginal de sustición, lo llevará hasta ese punto. Por eso, quien tiene corazón de condominio, es muy posible que llore mucho por amor.
Supongamos otra persona que no está dispuesta a dar ni un paso en lo físico (pasión) si no hay amor de por medio, o viceversa. Esta estrategia puede modelarse con una función min{ pasión, amor}: esto quiere decir que la utilidad es el valor mínimo de la pasión y del amor (el ejemplo típico es el de los zapatos: de nada te sirve un zapato derecho sin un zapato izquierdo). Esta persona ha de buscar una pareja estable con la que maximice su utilidad; este individuo espera maximizar su mínima ganancia (maximin), sin importar los recursos desperdiciados. La función es del tipo de sustitutos perfectos, por lo que estos enamorados del amor, una vez que lo encuentran, tienen que sembrarlo, regarlo y cuidarlo para que pueda aumentar tanto el amor, como la pasión… Y dados los rendimientos marginales decrecientes, sus precios relativos han de cambiar hasta que una vez más, se encuentre queriendo sólo. “Los amorosos andan como locos/ porque están solos, solos, solos/ entregándose, dándose a cada rato, /llorando porque no salvan al amor”.
La primera conclusión es que las relaciones interpersonales son un fenómeno contradictorio, quien quiere arriesgar poco y dedicarse a la pasión, termina en los brazos del romance más pronto de lo que pensó. Mientras que quien quiere asegurarse el amor eterno, termina fracasando una y otra y otra vez.
El amor no tiene estrategia correcta, no es óptimo, ni racional. Cualquier intento por controlarlo será contraproducente y perjudicial para el que lo intente. El amor llega cuando quiere y se va en cuanto puede.
El amor es incontrolable y por más que lo intente grillar, no se deja.
Por eso me cae mal.