El acta de nacimiento de mi abuelo es de esas antiguas que están escritas con letra cursiva y que redactan las circunstancias del nacimiento. Dice algo así como: “En este día, los padres de este niño legítimo de nombre Humberto Fuentes Jímenez, han comparecido a este registro civil para presentar…” bla, bla, bla. El texto es convencional, salvo en la parte en la que dice el estado del niño presentado; mi abuelo dice que en su acta no dice que presentaron a un niño vivo, sino un niño muy vivo.
Creció en Tonalá, Chiapas, una ciudad pequeña en la costa chiapaneca, muy cerca de los límites con Oaxaca. Cuando fue niño no tenía cemento en el piso de su casa, compartía su recamara con muchos de sus hermanos, a veces vecinos, primos, y visitantes; rara vez le compraron juguetes y nunca tuvo vacaciones. Era muy rico: jugaba en la naturaleza, nadaba en un mar con pocas embarcaciones; hacía lo que quería; fue un niño del mar.
Al momento de crecer, cuando la vida te obliga a ser productivo, aprendió el oficio de boticario: desde cómo encontrar las plantas para preparar diferentes brebajes, hasta conocer cómo mezclarlos y en qué dosis son más efectivos. Se convirtió en un hombre muy importante en su comunidad: al no haber hospital, él era uno de los 4 únicos en la ciudad que podían curarte las enfermedades. Nunca quiso dejar de ser rico: decidió ser pescador (o tal vez sólo aceptó el llamado del mar). Aunque tuviera mucho trabajo, se despertaba a las 5 de la mañana todos los días para ir a los manglares y pescar la comida del día.
(Alguna vez lo buscó un partido político para ser presidente municipal de Tonalá; sin dudarlo, él se negó, “yo soy un pescador que sabe de medicinas… no un político”)
De lo primero que recuerdo de mi abuelo es que tenía unas pequeñas pinzas, como las que usan las mujeres para depilarse las cejas. Cuando iba a visitarlo a su consultorio, me daba las pinzas y pagaba un peso por cada cana que le quitara… Después, cuando los cabellos blancos eran más que los negros, me pedía que le encontrara estos últimos; ya no me pagaba por esos.
Mi abuelo me enseñó a respetar el mar: esa fuerza incansable, inexplicable y profunda que espera, tarde o temprano cualquier caminar. El mar circunscribe al mundo; al final todo lo que podemos hacer no va a cambiar el azul y la inmensidad del océano. ¿Por qué preocuparse, entonces, por eso poco –realmente poco– que podemos transformar?
Respetar al mar es encontrarnos simples y disfrutar nuestra nimiedad.
Más grande, a los 16 años, fui con mi hermana a Boca del Cielo (lo que aparece en mi mente cuando pronuncio la palabra paraíso) en una tarde de verano. Don Beto insistió en acompañarnos y en camino, compró una botella de ron blanco. Pasamos el día de trago en trago y cuando atardecía, me confesó que soñó con ese día: compartir una botella con su nieto, con el mar de fondo.
(Alguna otra ocasión, pedí una cerveza León y mi abuelo le pidió al mesero que no sólo me trajera la León, sino también una leona “pues ya era todo un hombrecito”… creo que yo tenía como 14 años)
Una mañana, como lo hacía a diario, mientras pescaba con su arpón, fue atacado por un cocodrilo al grado de casi perder la vida. Para ser exactos, como él contaba la historia, no fue un cocodrilo, sino una cocodrila… presa del deseo por verlo en traje de baño. El resto de la historia es heroico: usó su arpón para luchar contra el/la reptil; herido, escaló un árbol y espero cinco horas a que llegara alguien a rescatarlo. Nunca más nado en el mar.
Recordar a mi abuelo es pensar en la magia de la vida, en lo sencillo que es ser feliz y en la importancia de la risa. Nunca lo vi pasar un día sin hacer un chiste, sin reír, sin pasarla bien (no obstante de las adversidades o los problemas a enfrentar). En la memoria del Gran Jefe –así lo llamaba mi padre– está lo más impredecible de mi origen: ¿quién hubiera pensado que un niño del mar podría curar a la
gente? ¿Quién podría decir que el hijo de un pescador podría ser ingeniero, médico, virólogo o psicóloga? ¿Quién se atrevería a decir que el nieto de un pescador sería _____? Yo, gracias a lo que me enseñó mi abuelo, puedo ser lo que yo quiera.
La última vez que vi a mi abuelo, me dijo –aunque yo no le creí– cómo iba a morir: “un infarto fulminante, así, sin sufrir”. Hasta el último de sus días, tuvo una doble virtud (por demás admirable): no sólo hizo todo lo que quiso, también quiso todo lo que hizo.
En estos días, muchos me han dicho que mi abuelo se fue al cielo, pero yo creo que se equivocan: estoy seguro que regresó al mar.

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