Hace unos días, al ver a los niños disfrazados pidiendo calaverita recordé que en mi infancia yo no solía disfrazarme ni de vampiro ni de hombre lobo o de momia, yo solía pedir dulces con un saco prestado, un pantalón de vestir y una máscara de Carlos Salinas. Recuerdo que la mayoría de los adultos se sorprendían al descubrir que no sólo tenía un disfraz sino que estaba dispuesto a dar cifras y datos de cómo había empeorado la situación económica del país en esas fechas, hasta que me dieran dulces –o reconocieran mi capacidad para infundirles miedo.
Esa memoria, me provoca dos reflexiones: que era un niño muy politizado para mis 10 años; y que los políticos eran personificación de los enojos y miedos de toda la sociedad mexicana. Pienso que la risa nerviosa causada por un muchachillo con disfraz de político era causada porque, en aquellos años, los gobiernos no necesitaban ni dependían en forma alguna de la gente para tomar decisiones.
Ahora la situación es diferente, los políticos siguen causando molestia, pero ya no miedo. Mejor dicho, ahora la gente se siente decepcionada porque la democracia no se ve reflejada en mejoras sustantivas a su calidad de vida, pero ya nadie –o casi nadie– pone en duda la legitimidad de las elecciones. El cambio en estos últimos quince años es, sin duda alguna, la aparición y el fortalecimiento paulatino del Instituto Federal Electoral.
Porque, a pesar de escenarios tan complicados como el que se vivió en la contienda electoral del 2006 o las decrecientes tasas de participación de las votaciones federales de 2009, es imposible afirmar que hubo irregularidades en la elección que no pudieron ser detectadas por alguna de las partes afectadas (con los afectados, no pienso sólo en los candidatos perdedores, sino en toda la sociedad).
Me explico: al coordinar un proyecto de observación electoral a nivel nacional en el proceso electoral federal 2009, pude constatar –con mis propios ojos– las sesiones del consejo distrital, el desarrollo de la jornada electoral e incluso los conteos –y reconteos– de los votos. Testifiqué que los vehículos oficiales de la SAGARPA y el Servicio Postal Mexicano estuvieran guardados el día de la jornada electoral y que nadie usara esas oficinas como call center. Nadie me lo contó.
Si algo me queda claro es que en la realización de las elecciones no está el problema de la toma de decisiones políticas que afecta a mi país. Al contrario, en el día de la jornada electoral se encuentra una de las fortalezas más importantes del sistema político mexicano, que aspira a ser una democracia funcional.
Con esto en mente es que deseo ser Consejero Electoral del distrito electoral en el que he vivido desde hace más de 15 años. Porque esta vez, quiero ponerme el traje de político y no causar entre la gente enojos y miedos, sino confianza en que el proceso de selección de nuestros representantes estará guiado por los principios de certeza, legalidad, imparcialidad, independencia y objetividad: garantizar que todo aquel que pretenda cargos de elección popular tendrá el respaldo de alguna mayoría de la sociedad.
Además, porque gracias a mi formación académica y profesional, lo que me identifica como tomador de decisiones ya no es una máscara de vinil, sino horas de lectura, análisis y reflexión sobre los problemas de la democracia y sus posibles soluciones. Estoy seguro que puedo aportar buenos argumentos a las controversias que se puedan presentar en los futuros procesos electorales y, con eso, asegurar que los tiempos en los que el gobierno causaba temor, han quedado en el pasado.
Desde que tengo uso de razón, la mayoría de la gente se queja de la política. Antes porque no se sentían parte de las decisiones, ahora porque las decisiones que se toman no se consideran las más adecuadas. Si se quiere ver el vaso medio lleno, a la sociedad mexicana le importa mucho la política; si se quiere ver medio vacío, no existen suficientes mecanismos institucionales para que este interés se represente.
Lo que no podemos hacer, es no hacer algo. Porque si bien es cierto que la democracia no es una condición suficiente para mejorar la calidad de vida de los mexicanos, es más cierto que es una condición necesaria; para que México Progrese, haya Oportunidades para Todos y Vivamos Mejor el común denominador es que haya elecciones libres y transparentes.
Porque participar dentro del IFE y fortalecer sus decisiones, es la mejor forma que tenemos para asegurar que sean ciudadanos quienes tomen las decisiones políticas sin dejar de ser ciudadanos, y ese es el único camino seguro para garantizar que mañana, mis hijos no salgan a pedir calaverita disfrazados de políticos.
(En un rato, tomo protesta como consejero distrital…)
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