“Hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia.”
(Nicolás Maquiavelo).
(Pocos ven lo que somos, pero todos vemos lo que aparentamos).
Alguien le comentaba a Carlos Loret de Mola hace un par de semanas mientras hablaban de futbol: “el día del partido de México, el gobierno se juega su futuro”. El tiempo demostraría que no se refería al pase al mundial del Tri, sino a uno de los movimientos políticos más audaces de los últimos tiempos. Para el momento del comentario, la Secretaría de Energía, de Hacienda y de Gobernación ya habían iniciado el trámite para extinguir a Luz y Fuerza del Centro.
(Vale más hacer y arrepentirse, que no hacer y arrepentirse)
Aludiendo al Reglamento de las Entidades Paraestatales –que permite disolver paraestatales en algunos supuestos–el poder ejecutivo decidió extinguir a Luz y Fuerza del Centro, dando como argumentos situaciones vividas por todos: 30% de la luz es “perdida” (robada con diablitos, pues); tiene costos 176% mayores que la Comisión Federal de Electricidad; hay muchas quejas por mal servicio, apagones, etc. Sólo olvidan que la Constitución establece como facultad exclusiva del Congreso de la Unión legislar en temas como la Energía Eléctrica, y que, según los principios básico del derecho, ante contradicciones siempre pesará más la Constitución. Por lo tanto, el decreto es ilegal… tal vez deseable pero ilegal.
(El vulgo se paga únicamente con exterioridades y se deja seducir por éxito)
La extinción de LyFC tiene motivaciones políticas (se cumplió el 92% del Convenio de Productividad firmado con la Secretaría de Energía en marzo pasado). Confiando en que los usuarios inconformes somos más que los trabajadores desempleados, Felipe Calderón cayó en la tentación de optar por lo justo en lugar de lo legal, aumentar su popularidad y regresar al juego político. Poseído por un espíritu de mesías eligió extender su verdad a la realidad, pasar por encima de las leyes y, de paso, dar un golpe al PRD (curiosamente el Sindicato Mexicano de Electricistas es de los que nunca falta a los mítines de López Obrador). Por enésima + 1 vez: la seguridad jurídica vale más que la justicia.
(Quien engaña siempre encontrará a quien engañar)
Evitemos una visión maniquea de la situación: haber despedido a los sindicalizados de LyFC no soluciona los problemas energéticos del país: LyFC recibió 57mil millones de pesos en subsidios al usuario, CFE recibió 91 mil millones; CFE pagó nueve veces más dinero que LyFC en juicios perdidos ante la PROFECO en los últimos tres años. No olvidemos, además, que nunca quedó clara la responsabilidad de CFE en las inundaciones de Tabasco hace un par de años. La restructuración abre nuevas posibilidades a más actos de corrupción que podrían dejar al suministro de energía eléctrica, aún peor… La red de fibra óptica que generó en los últimos diez años LyFC está lista para usarse y puede llevar además de luz, señal de televisión, telefónica e Internet (y a un precio más bajo que las compañías comerciales que hay actualmente). Sin reglas claras sobre licitaciones, contratos y adquisiciones, más temprano que tarde regresaremos al problema; una gran diferencia entre México, que no crece, y Brasil, que es la punta de lanza de la región, es la forma en la que se han llevado a cabo privatizaciones y se administran las empresas públicas.
(Si logra con acierto su fin se tendrán por honrosos los medios conducentes al mismo)
Lo ocurrido en LyFC ha sido descrito como maquiavélico: no importa que se haya interpretado la ley de manera parcial si esto permite que se desahogue uno de los grandes cuellos de botella del país. Será el tiempo quien haga verdadero este argumento: ¿qué pasará con el sindicato de Pemex? ¿Qué con Elba Esther? ¿Es el sindicato del IMSS, cuyo líder es diputado federal por el PAN, más eficiente que el de los electricistas? El Príncipe –dice Maquiavelo– cuando quiere alcanzar fines superiores puede disponer de todos los medios que tenga a su alcance. La desaparición de LyFC será un fin superior sólo si los ciudadanos reciben un mejor servicio a un menor costo y los empresarios pueden, sin necesidad de influenzas y palancas, participar en la generación, distribución y participación de energía eléctrica. Lo hecho con LyFC sólo habrá valido la pena si la prioridad de esta nueva empresa somos, tú y yo, los ciudadanos.




