Soy pambolero de corazón. A pesar de no ser un crack, juego 3 veces a la semana y le echo hartas ganas. Hoy, sábado, perdímos 5-3 contra un equipo al que le debimos haber ganado. No les contaré sobre la expulsión de David, la cruda del “zurdo” o mi notable cansancio en el segundo tiempo; la destacado no es lo que pasó en la cancha sino la cancha misma. El partido se celebró en nuestra cancha de “local” conocida como el campo de Amaranto, por allá por la salida a Querétaro, una cancha de medidas profesionales perfectamente empastada, con las bandas bien marcadas y redes en las porterías. En pocas palabras, de lo mejor del futbol llanero.
Resulta que la zona donde se encuentran los campos (la zona de Teoloyucan en Cuatitlán de Romero Rubio, Edomex) hasta hace algunos años era zona ejidal, dedicada al cultivo de maíz y el ganado menor (cerdos, ovejas, pollos y guajolotes). Como la mayoría del campo mexicano, los campesinos de la zona sufrían de grandes problemas para colocar sus cosechas, emigración constante de su población y nula capacidad de inversión; practicamente vivían gracias al autoconsumo y usaban sus pocos excedentes para cubrir los gastos mínimos de una familia rural en un entorno urbano. Eran pobres (pobreza de patrimonio en la metodología mexicana, cortesía de Vázquez Mota), hasta que cansados de su situación dieron un giro radical: sustituyeron los maizales por grandes pastíos, la coa por el silbato, el arado por la tarjeta roja y los fertilizantes por la cal para delimitar las áreas grande y chica. Ahora, los ejidatarios de aquellas otrora zonas jodidas, andan en camionetones pick-up transportando sus marranos y ovejas a los puestos de carnitas y barbacoa de Cuautitlán. Aprovecharon la contrarreforma de Salinas para diversificar el ejido y poder salir de su precaria situación. Enhorabuena.
Sin embargo, cabe reflexionar que este radical cambio de campesinos a empresarios del deporte no se puede dar sin un mercado grande y pudiente, capaz de pagar, entre 22 jugadores, alrededor de 800 pesos por partido. Y es ahí donde nace mi preocupación: ¿qué hará el campesinado mexicano del resto del país donde la mejor alternativa para la tierra sí es cultivarla? Las condiciones de desigualdad de mercado de los pequeños productores agrícolas no sólo no mejorarán en un horizonte próximo, sino que se complicarán más a raíz de la entrada en vigor del apartado agrícola del TLC y su futuro dista mucho, al menos así parece, del de nuestros agricultores del balón.