“Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada”
(Fragmentos de El Principito, de Antoine Saint-Exúpery)
Si algo hay que reconocerle a Felipe Calderón es que es tremendamente perseverante. El primer día de su gobierno trazó un camino que ha respetado invariablemente durante ya tres años. Primero, a pesar de lo dicho en campaña, al presidente del empleo le ganó la mano firme y decidió “ajustar” el plan de gobierno y priorizar a la seguridad como tema en la agenda. Segundo, cortó todo espacio de negociación con la oposición que amenazaba la estabilidad de su gobierno y colaboró para el hundimiento de la izquierda partidista y su último caudillo López Obrador. Tercero, se apresuró a tener el control de su partido para poder, desde el legislativo, proponer reformas estructurales que le dieran nuevo rumbo al país. Cuarto, fue amistoso con el PRI para poder lograr coaliciones ganadoras que permitieran la aprobación de nuevas leyes que aumentaran su margen de maniobra. El sueño del reformador social había comenzado.
(“Un poder semejante dejó maravillado al principito”)
Tres años después, en cambio, la tenacidad se ha convertido en obstinación cuando ante los nuevos escenarios no se ha ajustado el rumbo. Human Rights Watch y Amnistía Internacional han instado al gobierno a que retire al ejército de las calles por los abusos que cometen; México sufre en promedio 20 asesinatos diarios causados por el crimen organizado (¡el doble que hace un año!). Y, diría Martí, aunque no pueden, no renuncian.
(“A mí no me gusta condenar a muerte a nadie” —dijo el principito—. “Creo que me voy a marchar”).
Y aunque cada vez Andrés Manuel pierde más fuerza, Felipe no tiene demasiado interés en acercarse al PRD, quienes –irónicamente– son su única opción para poder manejar una agenda independiente al PRI en lo sucesivo. Las heridas de 2006 no han cerrado para muchos, empezando por Calderón. “Yo creo que en términos de caída electoral, más que la de mi partido, más bien el fenómeno significativo es la caída de otro partido, no sé si sea el suyo, el PRD” contestó Felipe, tremendamente molesto, a una reportera que cuestionaba la derrota panista en las últimas elecciones.
(“Tartamudeaba un poco y parecía vejado, pues el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada”).
Más aún, al interior del PAN, hay muchas voces molestas que responsabilizan directamente a Calderón de esta derrota. Su poca convicción democrática impuso a Germán Martínez como el presidente del partido, cuyos desaciertos disminuyeron, aún más, la votación panista. Y no ha aprendido la lección. Irónicamente, lo que el PAN hacía para evidenciar el autoritarismo del PRI, ahora lo hace contra Calderón, y dejan a César Nava como el candidato único de una elección decidida desde Los Pinos.
(—“No partas —le respondió el rey que se sentía muy orgulloso de tener un súbdito—, no te vayas y te hago ministro”.)
Quien más provecho ha sacado de esta serie de malas decisiones es el PRI. Con su propia agenda, el PRI decidirá el rumbo de la política nacional, según los movimientos de sus tres figuras con aspiraciones presidenciales: Beltrones, Paredes y Peña Nieto. Listos para gobernar desde San Lázaro, los priistas no temen dar la puntilla al gobierno del michoacano y terminar – (¡una vez más!) con tres años desperdiciados– el sexenio.
(—“Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, partir antes de un minuto”)
Felipe Calderón como el rey del asteroide 325 del cuento de Saint-Exúpery, se ha quedado solo. Y si no cambia la estrategia, como a aquel rey, no le quedará más que dar “órdenes razonables”. El 5 de julio, el regaño ciudadano retumbó los muros de Los Pinos y de todo el sistema político mexicano, hace falta saber quienes tendrán la serenidad para escucharlo y corregir el rumbo.
(—“Te juzgarás a ti mismo. (…) Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio”).





